25/10/2025
Cuando no hay respuestas, solo acompañamiento
El gato de mi sobrino falleció.
Él vive en otra ciudad y, como muchos tutores desesperados, me pidió orientación varias veces, buscando respuestas que yo no podía darle con certeza. A la distancia, y con una historia clínica basada en lo que “el medio entendió”, es imposible emitir un juicio responsable.
En un momento me dijo:
“Tía, no puedo contestar tus preguntas porque no entiendo lo que me dicen los doctores. ¿Y si les pido que hablen contigo?”
Le respondí que sí se podía, pero con dos posibles escenarios:
1. El más probable: que no quisieran hablar conmigo, aun si él lo pedía con respeto. A muchos colegas les resulta una agresión.
2. El segundo: que aceptaran, pero cobrando honorarios por el tiempo invertido, y eso también es justo.
Y pasó lo primero.
En un acto de desesperación, quiso traer al gato conmigo. Le indiqué que no lo hiciera: el traslado implicaba más riesgo que beneficio. Lo llevó a otro sitio, donde percibió un trato más amable y humano.
Días después, el gato murió.
Nunca se obtuvo un diagnóstico claro. Lo que yo sabía era solo lo que él entendía, y eso, clínicamente, no es suficiente.
Pude haber sido ruda, haberle explicado punto por punto qué hacer, qué pedir, qué exigir… pero no era ético.
A veces el tiempo no alcanza ni para estabilizar al paciente ni para encontrar la causa. No siempre hay una respuesta.
Su gato ya no está, y ningún diagnóstico lo cambiaría. Era un paciente exacerbado y crítico.
Lo último que hice fue enviarle el enlace de un post sobre cómo atravesar el duelo por una mascota.
No fue resignación, sino una lección de madurez:
habrá pérdidas que no podremos evitar, aunque lo hagamos todo bien.
Y en esos momentos, el mejor acto de amor profesional no es buscar culpables, sino acompañar con compasión y honestidad.