16/11/2025
En muchos casos, cuando una persona me conoce y se entera que soy médica veterinaria, la respuesta suele ser: «ay, yo también quería ser veterinaria, pero la verdad no tengo corazón para ver mal a los animalitos» y me quedo pensando… ¿y qué les hace pensar que para nosotros sí es fácil?
No es nada personal esta pregunta, simplemente sale a mi mente de manera involuntaria.
Es muy pesado ser veterinario, es doloroso y es triste. Claro, también es gratificante y satisfactorio, pero eso no quita lo desgastante.
Voy terminando de echarme una lloradita (lloradooota) por una paciente. Una paciente viejita, por la que yo quisiera dar todo de mí como médico para que esté bien, desgraciadamente no me corresponde a mí esa decisión.
Y lo más triste es que muchas veces no es cuestión monetaria, porque aunque yo regalara el tratamiento y mi atención (que está mal pero a veces es tanto el deseo de ver a un paciente bien) y a veces aun cuando los tutores tienen todo el dinero para ello, no tienen las ganas, la disposición, la atención, el cariño que la mascota merece.
Esa misma mascota que al llegar a su casa era tratada con amor, al llegar la vejez ha pasado a ser una carga y algo que prefieren simplemente no voltear a ver, porque ya no se ve bonito, ni adorable, ni causa ternura. Y por esa falta de cuidado, cada vez se ve peor.
Y lo peor, este es el fin de muchas mascotas. Un porcentaje es amado hasta su fin. Pero otra gran parte, termina en situación de calle o viviendo maltrato indirecto e inconsciente dentro de su propia casa, esa que algún día fue su hogar y se sintió como familia.
Duele el alma. Duele en el alma ser médico y tener las herramientas, el conocimiento y las ganas de sacar adelante a un paciente, de darle la vida digna y el trato que merece, pero no tener respuesta alguna de parte de quienes deciden por su vida.
Y sí, sé que quienes han leído hasta aquí podrán pensar que justamente el aguantar estas situaciones, llorar y seguir adelante es lo que nos convierte a los médicos en personas “con corazón” para esta profesión. Y quizá sí. No lo sé. Sólo sé que tener un amor real y profundo hacia los animales, no resulta en un «no tengo corazón para verlos mal», sino en: «por el amor que les tengo, me aventaré 10 casos de éxito, aunque me cueste 5 decepciones y dolores».
Porque créanme, cada caso que falla, ya sea porque el paciente no pudo dar más, porque el tutor no pudo/quiso hacer más, porque uno como médico no logró más (porque no somos Dios, sólo somos humanos buscando el bienestar de tu mascota desde lo profundo de nuestro corazón), duele en el alma. Y quema. Y deja huella.
Pero seguimos aquí, de pie. Listos para recibir con amor al siguiente paciente. Y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente… y darles a cada uno la esperanza de una mejor vida. Hasta donde podamos, y hasta donde se nos permita.
Gracias a todos aquellos tutores que me han permitido sanar, curar y mejorarles la calidad de vida a sus mascotas. Gracias también a aquellos que han tenido el valor de terminar con el sufrimiento de sus mascotas cuando ha sido momento de decir adiós para que la vida ya no les duela más.
Gracias a todos aquellos que me han permitido hacer mi trabajo. Siempre ha sido de corazón.
🐾❤️
- MVZ Gabriela Tovar🩺