19/09/2026
El pug sea uno de los perros más populares y reconocibles del mundo: es el resultado de un estudio del Royal Veterinary College de Reino Unido que comparó la salud de 4.308 pugs con la de 21.835 perros de otras razas, y que concluyó que los pugs tienen casi el doble de probabilidades de experimentar uno o más trastornos al año, y que su salud es tan mala que "ya no pueden ser considerados un perro típico desde una perspectiva de salud". La imagen que debería ser la de un perro adorable y bonachón se convierte en la de un animal condenado a una vida de sufrimiento por su propia morfología: su cara plana, su hocico corto y sus ojos saltones, rasgos que hemos seleccionado durante siglos, le dificultan respirar, le provocan infecciones en los pliegues de la piel, le causan problemas oculares y cardíacos, y lo hacen intolerante al calor. No es la postal de una mascota feliz, sino la de una víctima de la cría selectiva: como dice Dan O'Neill, autor principal del estudio, "ahora sabemos que varios problemas de salud graves están relacionados con la forma extrema del cuerpo de los pugs que muchos humanos encuentran tan atractiva".
La situación del pug no es un hecho aislado, sino el eslabón más emblemático de una cadena de razas que han sido criadas hasta la enfermedad y que hemos visto en otros escenarios: el bulldog inglés, el bulldog francés, el boston terrier, o los gatos persas, todos ellos con problemas respiratorios, oculares y de piel derivados de su morfología extrema. Es el mismo patrón de un mundo donde la selección artificial, impulsada por criterios estéticos y no por la salud, ha convertido a algunas de las razas más queridas en animales que viven en sufrimiento permanente. Las causas de esta situación son la cría selectiva y la demanda del mercado: los pugs, originarios de China y documentados ya en la época de Confucio, fueron llevados a Europa por comerciantes holandeses en el siglo XVI, y su popularidad se ha triplicado en las últimas dos décadas porque su tamaño pequeño, su nariz corta y sus ojos y cabeza grandes "pueden despertar emociones positivas al adaptarse a la configuración facial del 'esquema de un bebé', lo que desencadena respuestas de crianza innatas en los humanos". Pero esas mismas características que los hacen "adorables" son las que los hacen sufrir: el síndrome de obstrucción de las vías respiratorias braquicefálicas (BOAS), las ulceraciones en la córnea, la obesidad, la endogamia—un estudio de 2008 señaló que 10.000 pugs registrados en Reino Unido representaban el equivalente a solo 50 individuos distintivos—, y los problemas de columna derivados de su cola en espiral. Como dice la veterinaria Myfanwy Hill, "sus cerebros están aplastados en una caja que es demasiado pequeña", y "deben tratar de respirar como si lo hicieran a través de una pajilla realmente estrecha".
El impacto ecológico de esta situación es nulo, pero el impacto moral y social es inmenso y profundamente incómodo. Saber que hemos criado a una raza hasta el punto de que su propia forma le causa sufrimiento, y que seguimos comprándola y promocionándola porque nos parece "linda", es una lección de responsabilidad y de ética. La perplejidad del gato ante el fuego se convierte aquí en la de los veterinarios que atienden a estos perros y ven sus problemas de salud, y en la de los propietarios que descubren que su mascota sufre, y en la nuestra al darnos cuenta de que el amor por los animales no puede ser una excusa para perpetuar su sufrimiento. Como dice Justine Shotton, presidenta de la Asociación Veterinaria Británica, "mientras se mantengan estas características extremas y poco saludables, continuaremos recomendando encarecidamente a los propietarios potenciales que no compren razas braquicefálicas como los pug", y como añade Hill, "los animales tienen pensamientos y sentimientos propios. Debemos asegurarnos de que tengan una vida larga, feliz y saludable".
Y sin embargo, en la advertencia de los veterinarios, hay una esperanza realista y una hoja de ruta. La cría responsable, que priorice la salud sobre la estética, podría revertir la situación y devolver al pug a una forma más funcional y menos extrema. La esperanza realista está en que los consumidores dejen de comprar perros con rasgos extremos y exijan razas saludables, y en que los criadores y los kennel clubs modifiquen los estándares de la raza para favorecer la salud. La tecnología de la genética y la medicina veterinaria pueden ayudar a identificar y corregir los problemas, pero la solución definitiva no está solo en la ciencia, sino en un cambio de mentalidad que deje de valorar a los animales por su apariencia y empiece a valorarlos por su bienestar. Como dice O'Neill, "es importante centrarse en la salud del perro en lugar de los caprichos del dueño cuando estamos eligiendo qué tipo de perro tener".
Porque la pregunta que nos susurra este pug que jadea y sufre por su propia cara aplanada, es tan profunda como el amor que sentimos por él: si hemos criado a una raza hasta el punto de que su forma le causa dolor, ¿por qué seguimos comprándola y promocionándola? ¿Acaso no hemos entendido que cada vez que compramos un pug con rasgos extremos, nos está mostrando un espejo de nuestra propia responsabilidad, y que la verdadera lección de esta advertencia no es solo la necesidad de mejorar la cría, sino la urgencia de reconocer que el amor por los animales debe expresarse en el respeto por su salud y su bienestar, y que si queremos un mundo donde los perros no sufran por cómo los hemos hecho, debemos empezar por cambiar nuestros gustos, por dejar de lado la estética extrema y por exigir razas saludables, para que el pug, que alguna vez fue un perro funcional y resistente, pueda volver a respirar sin dificultad, a moverse sin dolor y a vivir una vida plena, en lugar de una vida de sufrimiento en nombre de nuestra idea de lo "lindo"?