29/06/2018
Este domingo, votaré con mucho gusto por Morena. Lo haré porque el gabinete que propone Andrés Manuel López Obrador me encanta. Lo haré por lo que promete de renovación del aparato estatal mexicano, viciado, encerrado, anquilosado y corrupto. Lo haré, sobre todo, porque mi voto por Morena ayudará al triunfo de la generosidad y de lo más noble que hay en nosotros, sobre la mezquindad, sobre la crueldad y sobre la indiferencia de estas élites depredadoras que han hecho todo por derrotarlos, por derrotarnos.
Yo no llegué a las campañas convencido de votar por Morena. Me desconcertó la alianza con el PES, me molestó mucho la llegada de Germán Martínez Cázares, me desesperaba la vaguedad de las propuestas de Andrés Manuel. Desde entonces a la fecha, la campaña que han hecho muchos de sus candidatos me convenció no sólo de que son los menos malos, sino de que son los mejores.
Me sorprendió la honestidad de Germán Martínez, contra quien despotriqué en público y en privado, y me convencieron sus argumentos. Creo que puede ser un estupendo fiscal general, y puede ser un legislador honesto y talentoso.
Me encanta el gabinete. Me encantará ver a Luis María Alcalde derrotando charros y detonando lo que puede ser el inicio de una nueva época en la Secretaría del Trabajo. Me encantará ver a María Luisa Albores a cargo de Sedesol, imponiendo un nuevo paradigma en desarrollo social, pensado desde el campo y desde las calles y también -aunque no sólo, como se hacía hasta ahora- desde la oficina y la computadora. Me entusiasma mucho -después de la promesa reiterada de que no se apostará por los transgénicos en este sexenio- que Víctor Villalobos sea secretario de Agricultura, porque -¡por fin!- vamos a tener un secretario que entienda de agroecología, y que entienda que el campo es, sobre todo, los campesinos, y no sólo los grandes agroindustriales.
Me sorprendió también Josefa González Blanco. Estoy seguro de que su llegada a Semarnat supondrá una hondísima renovación de una secretaría que no por joven es menos esclerótica. Los valores que defiende son los míos. Los jóvenes de los que se ha rodeado son talentosísimos. Su énfasis en construir políticas públicas de calidad, apoyada en la evidencia, escuchando a los expertos, pero también a los habitantes del territorio, a los usuarios de los recursos y servicios ambientales, a quienes padecen la depredación, me parece enormemente valioso.
Me encantará ver a Andrés Manuel López Obrador de presidente de la República. Me encantará tener un presidente que ha leído y que sabe de poesía. Me encantará tener un presidente que conoce tan bien el país. Me encantará tener un presidente que quiere ser como Lázaro Cárdenas. Los que lo acusan de soberbio, ¿preferirían oírlo decir que quiere ser un presidente gris, mediocre, que no logre más resultado que defender el status quo? Yo no: yo quiero un presidente que pretenda transformar el país para hacerlo más justo, más libre, más pacífico. Es lo menos que pido, y es lo que Andrés Manuel promete.
Sobre todo, me convenció su generosidad -la de AMLO y la de tantos en Morena-, que tanto contrasta con la bajeza de muchos de sus adversarios. Me conmueve que Andrés Manuel sí trate de entender por qué un chavo se hace sicario, por qué una adolescente se mete a las dr**as, por qué una migrante regresa a su pueblo para jugarse la vida al frente de una policía comunitaria. Me conmueve que le duela.
Me encantará ver esa nobleza de espíritu derrotando la ruindad de Meade, que se siente buena persona cuando ningunea la pobreza de la mitad del país maquillando las cifras, que se cree un buen funcionario público cuando bajo cualquier óptica fracasó: la riqueza está más concentrada, la desigualdad es más lacerante, la corrupción más prevalente después de los sexenios en los que él fue una pieza clave.
Me encantará verlo derrotar el gatopardismo de Anaya. No sabemos de él más que lo que tiene de Groucho Marx y su oferta tan famosa: “Estos son mis principios. Pero si no le gustan, aquí tengo otros”. Me encantará verlo perder, y ver que con él pierdan los panistas más oportunistas.
Por todo esto, voy a votar por Morena con enorme gusto y mucha esperanza. Y por eso pido: ¡Vota! ¡Y sonríe: vamos a ganar!