16/06/2026
Hoy en “Veterinarios Casos de la Vida Real” presentamos: “Aprender a decir que no”.
Hola. Quiero contarte por qué jamás he vuelto a trabajar con protectoras y asociaciones rescatistas.
Y antes de que me juzgues, quiero que sepas algo: esta historia no nace del resentimiento hacia los animales. Todo lo contrario.
Yo estudié Medicina Veterinaria fue precisamente por ellos. Desde que era niña decía que quería salvar animalitos. Era esa niña que recogía pajaritos caídos del nido, que lloraba cuando veía un perro atropellado en la calle y que convencía a su familia de darle hogar a cualquier gato desamparado que apareciera en la puerta de la casa.
Entré a la carrera con esa idea romántica que muchos tenemos cuando elegimos esta profesión: quería ayudar. Quería curar. Quería hacer una diferencia. Y durante un tiempo pensé que eso bastaba.Pero la universidad se encargó de enseñarme que amar a los animales no era suficiente.
Recuerdo perfectamente la primera vez que entré a cirugía. El olor característico del quirófano, el sonido del monitor, la concentración absoluta que exigía cada procedimiento. Mientras muchos compañeros sentían nervios, yo sentí fascinación. Ahí descubrí mi verdadera pasión: La cirugía.
Me obsesioné con aprender. Empecé a quedarme horas extra observando procedimientos, ayudando en todo lo que podía. Conseguí un trabajo (sin remuneración) en una clínica particular para adquirir experiencia y además, me convertí en ayudante de la materia en la universidad.
Mientras otros descansaban los fines de semana, yo practicaba nudos quirúrgicos. Mientras otros se iban de fiesta, yo revisaba protocolos anestésicos. No porque alguien me obligara. Sino porque amaba lo que hacía. Porque soñaba con convertirme en una excelente médica veterinaria.
Y lo logré. Me titulé.
Salí de la universidad llena de ilusión, con ganas de comerme el mundo y demostrarme que había elegido correctamente mi profesión. Como muchos recién egresados, empecé haciendo consultas a domicilio mientras conseguía un trabajo más estable. Iba de casa en casa con mi mochila llena de medicamentos, instrumental y esperanza.
Y entonces apareció ella.
Una conocida me recomendó con una señora que necesitaba atención para sus perros. Al principio parecía una bendición. Era amable, agradecida, confiaba en mí.
Yo atendía a sus mascotas y ella siempre tenía palabras bonitas sobre mi trabajo. Poco tiempo después me dijo que tenía un refugio.
“Doctora, ¿podría ir a revisar a unos perritos rescatados?”
Y yo dije que sí. Por supuesto que dije que sí, ¿Cómo no hacerlo? Si justamente para eso había estudiado.
Las primeras veces me pagó mis consultas. No era mucho, pero era justo. Yo salía cansada, pero satisfecha. Sentía que estaba ayudando a quienes más lo necesitaban.
Pero después comenzaron los pequeños cambios.
“Doctora, ¿me hace un descuentito? Ya sabe que son perritos rescatados.”
Y yo acepté. Porque entendía que los recursos eran limitados. Pero también me daba culpa cobrar lo que realmente valía mi trabajo, porque pensaba que ayudar significaba sacrificarse.
Luego me invitó a jornadas de esterilización.
Negociamos un precio accesible. Muy accesible diría yo. Prácticamente mano de obra regalada. Qué gran error.
Yo sabía que estaba cobrando menos de lo que debía, pero me repetía que era por una buena causa. Que valía la pena. Que los animales lo necesitaban.
Y entonces lo excepcional se convirtió en costumbre. Ya no me preguntaban si podía, pues simplemente me avisaba:
“Doctora, mañana hay campaña.”
“Doctora, venga temprano.”
“Doctora, hay muchos perros que revisar.”
Mensajes enviados un día antes, a veces la noche anterior. Sin preguntarme si tenía pacientes agendados o si tenía compromisos, vaya, sin cuestionar siquiera si estaba disponible.
Yo reorganizaba mi vida. Cancelaba cosas, movía horarios, dejaba de descansar. Y volvía a decir que sí porque me costaba decir que no. Poco a poco dejé de ser “la doctora que apoyaba” y me convertí en la doctora responsable de todo.
Si un perro vomitaba, me llamaban.
Si otro no quería comer, me escribían.
Si alguno estornudaba, me enviaban fotografías.
Si algo pasaba en el refugio, de alguna manera parecía ser mi responsabilidad.
Y muchas veces, después de horas de trabajo, de cirugías, consultas y traslados, recibía un pago “simbólico”.
Esa era la palabra. Simbólico.
Porque, según me decían, lo importante era ayudar. Y yo me convencí durante mucho tiempo de que debía estar agradecida por poder hacerlo. Hasta que mi cuerpo empezó a pasar factura.
Primero fue el cansancio, después el insomnio y luego la irritabilidad.
Empecé a llorar por cualquier cosa. Sentía ansiedad cuando sonaba mi teléfono. Veía una notificación y mi corazón se aceleraba.
Vivía con culpa constante. Culpa por querer descansar. Culpa por querer cobrar. Culpa por no poder salvarlos a todos. Hasta que un día entendí que algo estaba mal.
Busqué ayuda psicológica y aún recuerdo perfectamente una de las preguntas que me hicieron.
“¿Quién te enseñó que para ser buena persona tienes que sacrificarte hasta desaparecer?”
No supe qué responder. Porque, en el fondo, yo creía exactamente eso. Que poner límites me convertía en egoísta. Que cobrar dignamente me hacía menos compasiva. Que descansar era abandonar.
Y entonces escuché algo que cambió mi vida.
“No puedes salvar a nadie mientras te estás destruyendo.”
Mi psicóloga me recomendó alejarme de aquello que estaba consumiéndome. Era urgente que tuviera que aprender a decir no, a poner límites, a respetar mi tiempo.
Y eso hice. Pero lo hice con miedo, con muchísima culpa. Pero lo hice.
Expliqué que ya no podía acudir a todas las campañas. Que necesitaba que me preguntaran antes de programarme y si requerían mis servicios, tendrían que respetar mis tiempos y honorarios.
Pensé que lo entenderían. Qué equivocada estaba. Pensé que después de todo lo que había dado habría comprensión. Me equivoqué. La reacción fue completamente distinta:
La indignación llegó primero.
Después los reproches.
Y finalmente, la difamación.
De un día para otro pasé de ser “la doctora que tanto ayudaba” a “una profesionista sin ética”. Se cuestionó mi profesionalismo, se habló mal de mi trabajo, incluso se me acusó de mala praxis. Todo porque decidí poner límites y porque decidí que mi vocación no justificaba el abuso.
Fue devastador. Lloré muchísimo. Dudé de mí. Pensé en abandonar la profesión. Pensé que tal vez sí era una mala persona.
Pero con el tiempo entendí algo muy importante: Ayudar no significa permitir que se aprovechen de ti. Tener vocación no significa trabajar gratis.
Amar a los animales no significa sacrificar tu salud física, emocional y económica. Y poner límites no te convierte en alguien menos humano.
Han pasado años desde entonces.
Hoy tengo mi propio consultorio. Trabajo muchísimo y sigo operando con la misma pasión que descubrí siendo estudiante.
Sigo emocionándome cada vez que un paciente sale adelante, incluso llorando cuando alguno se va.
Y sigo ayudando.
Claro que sigo ayudando.
Si veo un perro de la calle y está dentro de mis posibilidades, hago lo que puedo. He esterilizado animales sin cobrar. He dado consultas que jamás facturé. He apoyado casos que me parten el alma.
Pero ahora lo hago desde la decisión, no desde la culpa. Desde el límite, no desde la explotación. Sin vínculos con protectoras ni asociaciones rescatistas.
Y sé que habrá personas maravillosas dentro de ese mundo.
Estoy segura de ello.
Pero también sé que existen dinámicas profundamente injustas que normalizan el desgaste de los médicos veterinarios bajo el argumento de que “es por los animales”.
Y eso también debe hablarse.
Porque detrás de cada bata hay una persona.
Una persona que se cansa.
Que necesita dormir.
Que necesita comer.
Que paga renta.
Que tiene familia.
Que también merece respeto.
Si hoy estás leyendo esto siendo médico veterinario, rescatista o alguien que dedica su vida a ayudar, quiero que recuerdes algo que a mí me costó años aprender:
No tienes que incendiarte para dar calor a los demás.
Y no eres menos bueno por cuidar de ti.
Yo sigo amando profundamente a los animales.
De hecho, creo que precisamente por eso sigo aquí.
Porque aprendí que para cuidar de ellos primero tenía que aprender a no abandonarme a mí misma.