25/08/2026
él, quien es embaucado por una furia tan remota que roza lo ancestral. nadie quiere una tragedia a medias, tienes que (y hago énfasis en el carácter imperativo del verbo) conocer el tamaño de la daga de memoria y el nombre de cada órgano besado por el filo. oxidado, resplandeciente, mellado o rejuvenecido, lo reconocerías en cada una de sus facetas, en todas te ha rozado peligrosamente cerca. en realidad siempre has sido tú quien se clavó el puñal deliberadamente. pero era un puñal tendido en tu dirección.
era un faro en medio de un océano de niebla, el que sostenía en su lugar el revuelto de intestinos con los que no sabías qué hacer cuando el mundo se te tiraba encima, colocado expresamente para que, después, te lo arrancasen sin piedad. ¡oye, que yo lo había puesto ahí por algo!
vale, que quizá no fue solo para ti, y que el equipo había encontrado ya el camino de vuelta a casa gracias a su luz y guía; quizá ya habías crecido y ya no eras aquel niño que él se encontró, a quien en su agresividad daban por perdido; el que a la mínima se ponía a la defensiva porque, en el fondo, tenía miedo de no saber hacia dónde mirar e iba antes de corazón que de lógica. quizá nunca te perteneció y era un regalo compartido. pero tú siempre has sido hijo único, y todavía no estás preparado para soltarlo tras la crueldad con la cual te ha sido arrebatado de tus manos aferrándolo. la otra realidad, aquella en la que él se va por su propio pie andando, no la aceptarás, te dice tu cabeza, mientras los órganos amenazan con derramarse. tu sobriedad en la cuerda floja, quizá ya un poco lunático.
vomitarás, emocional e irracional e imposible de lidiar. este eres tú, el verdadero pablo, el que siempre va con la cabeza físicamente por delante y un rugido, y es que, por más que intentes convencerte de lo contrario, en el fondo todavía eres un crío aunque en tu memoria se reproduzcan todos los momentos en los que (cogiéndote de la nuca y mirándote a la cara como si por un segundo nadie más que tú existiera) te decía que maduraras, que dejaras de comportarte como un niño.
los recuerdos escuecen y es solo en la faceta de animal herido donde permites ver qué se esconde detrás. quieres lanzarte a él como lo haces en el campo contra el enemigo, gritar hasta que escupa sangre la garganta, para después arrodillarte entre sollozos y suplicar que no se vaya. desde el egoísmo hasta la ira, ¿qué pecado serías?
(¿y él? ¿no tiene la culpa?)
gavi es para el espectador impaciente, es de los que exigen una respuesta inminente a cada acción, no se cree títere de nadie y de reojo observador. en los vestuarios y sobre el césped, ha contemplado durante años la dinámica del que ordena y el perro faldero que va detrás. los mira por encima del hombro, ¿entrañable? patético, ¿romántico? un día terminará. después los ve reírse, los ve caer juntos sobre la hierba, orbitando de forma natural y casi gravitacional, y la superioridad moral se convierte en un sentimiento en el que no tiene ganas de detenerse a reflexionar cuando mira mesas a través y se le revuelve el estómago. están en un restaurante, pero más que una cena de despedida, parece un banquete de boda. si ignora lo suficiente los roces de meñique o la rodilla que a veces le golpea, sin querer, bajo la mesa, y las sonrisas del canario y el valenciano a su izquierda comportándose como dos adolescentes, puede lograr concentrarse mínimamente en el plato que tiene en frente. de hecho, el trozo de entrecot pasa a ser lo más interesante y fascinante que ha tenido el placer de contemplar en toda su ya demasiado larga vida (pero nunca lo suficiente, no para estar a su altura: para ser tratado como un igual y merecer en algo la pena).
"gavi".
los montículos de patatas se asemejan al sáhara cuando los aplasta, quizá con demasiada fuerza.
"gavi, ¿me escuchas?"
lo ha pedido muy hecho, pero se escurre un riachuelo de sangre cuando clava el tenedor y lentamente taja, desmenuza, las tierras de carne.
"pablo."
levanta la vista.
se encuentra con él, con el entrecejo arrugado y, sin querer vacilarle, pero en modo automático, imita la expresión. ¿qué? está demasiado lejos para escucharlo, no es su problema.
no necesita sostener el contacto mucho más y lo agradece, porque, cuando robert vuelve a abrir la boca para decirle algo, aparece ella por detrás. la había visto antes de que les alcanzase, entrando por la puerta principal con las niñas de la mano, pero el polaco se sentaba justo frente a él y dándole la espalda a esa zona del restaurante. podría haberle avisado, pero no lo hizo.
durante el transcurso de toda la ceremonia y la cena, gavi fingió que, de repente, le interesaba muchísimo lo que ferran tuviese que decir (si es que era capaz de formular una oración o pronunciar más de cinco palabras sin mencionar a su otro amigo), pero podía sentir una mirada encima de él: azul como los glaciares del mar del norte, fría e irritante. ¿no era lo que siempre le decía? entre roces discretos bajo las sábanas y besos a escondidas, que se centrase en el fútbol y no en lo que sucedía fuera, que, entre los dos, pablo era quien tenía más que perder, toda su juventud y su carrera por delante. el nueve del barcelona se despidió de él por última vez como lo hacen todos los estúpidos adultos de este mundo, creyendo que solo ellos conocen cómo proceder correctamente porque saben más de ti y del mundo que os rodea que tú mismo.
creyó que robert le conocía más que eso, y puede ser que en el fondo lo hiciera, que precisamente por ese motivo lo hizo de aquella manera. pero en su mente no lo aceptaría, incluso si un día volvía y llamaba a su puerta bajo la lluvia, suplicando que le disculpase, que había firmado los papeles del divorcio, que dejaría estados unidos (¿de todos los países del mundo escogía ese, de verdad?) volvería al barça y se quedaría con él y serían felices para toda la vida y nadie, ni el entorno mediático, ni el laboral, ni el sociocultural de un país todavía tan peligrosamente atrasado en lo que concierne al respeto de los derechos humanos podría impedírselo. dentro de su propia imaginación tuvo que tomar aire para terminar el monólogo, para seguir indignado. tenía más probabilidades de ser él quien volase hasta chicago, llamándole a la puerta como un perro mojado. a gavi le costó tres partidos y una sanción recomponerse mínimamente, frenar el ritmo acelerado de sus emociones, fingir que lewandowski (empezó a negarse a llamarle por su nombre) podía hacer con su vida lo que quisiera (claramente podía, pero el cerebro de gavi se había terminado de desarrollar alrededor de una rutina involucrándole).
el mundial estaba a la vuelta de la esquina, y sus compañeros de selección eran la única piedra que lo anclaba a tierra firme, por más que él quisiera navegar hasta costas bálticas y por algún recoveco perderse.
antes podía hacerlo, hasta que las dudas empezaron a acumularse y, con ellas, las prohibiciones.
pero robert no tenía dudas, era el (más) adulto entre los dos, el que había consolidado ya su carrera deportiva, una vida perfecta, un matrimonio perfecto, hijas perfectas. vino para salvar el club cuando más lo necesitaba, y se despedía de él como una leyenda. pablo era quien las tenía, el que no sabía nada de la vida, el que había nacido ayer. a él solo le importaba el fútbol, y eso era suficiente. siempre lo había sido, podía volver a serlo y continuar como si nada una vez se fuera el héroe que había admirado desde pequeño, la cara de los pósters que todavía estaban colgados en la habitación de casa de sus padres en sevilla.