28/02/2026
✍🏻 “Hay algo que la mayoría de los jinetes no entienden hasta que llevan años siendo veterinarios.
La profesión veterinaria, especialmente la equina, convive a diario con la desgracia. Con el dolor. Con el pronóstico que no quieres dar pero que tienes que dar. Con la decisión que nadie quiere tomar pero que es la única opción humana que queda.
Veo caballos todos los días. Muchos de ellos están bien, vienen para revisiones rutinarias, para chequeos preventivos, para ajustes menores. Esos son los días buenos.
Pero también veo caballos con cuestiones que no responden al tratamiento. Caballos con fracturas que no tienen solución. Caballos con enfermedades degenerativas que solo van en una dirección. Caballos que hace un mes estaban perfectamente y hoy hay que eutanasiar.
Y luego, después de esas consultas, puedo ir a mi cuadra, poner un sudadero sobre el lomo de mi caballo y apoyar mi trasero sobre su dorso.
Eso es un privilegio que no todo el mundo entiende en su magnitud.
Porque he visto lo frágil que es. He visto lo rápido que puede desaparecer. He visto caballos que un lunes estaban bien y un viernes ya no están. No porque nadie hiciera algo mal. Simplemente porque a veces las cosas se tuercen y no hay forma de enderezarlas.
“Se mueren riendo y te dejan llorando” decía mi abuelo como un mantra...
Cada vez que monto a mi caballo, hay una fracción de segundo en la que pienso: hoy puedo hacer esto. Mañana quizás no.
No por pesimismo. Por realismo. Porque sé, mejor que la mayoría, que montar no es un derecho. Es un regalo temporal que la biología, la suerte y el cuidado te permiten disfrutar durante un tiempo limitado.
Por eso no monto nunca con prisa. No monto con la cabeza en otro sitio. No monto pensando en lo que tengo que hacer después o en el problema que tuve por la mañana.
Cuando estoy montando, estoy ahí. Completamente. Porque he visto demasiadas veces lo que ocurre cuando ese privilegio desaparece”