31/07/2026
Os invitamos a leer y reflexionar sobre este nuevo artículo de Manuel Villar Dorado. No pretende decirte qué pensar, sino invitarte a preguntarte por qué pensamos como pensamos. Porque 𝐞𝐥 𝐣𝐮𝐢𝐜𝐢𝐨 𝐜𝐫𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨, 𝐥𝐚 𝐞𝐯𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐢́𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐲 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐬𝐨́𝐥𝐢𝐝𝐚 𝐬𝐢𝐠𝐮𝐞𝐧 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨, 𝐞𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐨𝐜𝐚𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬, 𝐞𝐥 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐜𝐨𝐫𝐭𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐥𝐚 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝.
¿𝐘 𝐒𝐈 𝐄𝐋 𝐂𝐋𝐈𝐄𝐍𝐓𝐄 𝐄𝐐𝐔𝐈𝐕𝐎𝐂𝐀𝐃𝐎 𝐅𝐔𝐄𝐑𝐀 𝐄𝐋 𝐂𝐄𝐍𝐓𝐑𝐎 𝐃𝐄 𝐍𝐔𝐄𝐒𝐓𝐑𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐅𝐄𝐒𝐈𝐎́𝐍?
Hay una frase que llevo escuchando desde hace muchos años.
*"El cliente siempre tiene la razón."*
Quizá sea una buena regla para un restaurante. Quizá también para una tienda. Pero nunca he conseguido entender cómo esa idea ha terminado infiltrándose, de forma más o menos explícita, en una profesión cuyo objeto de trabajo es un ser vivo.
Porque cuando una familia solicita ayuda para modificar el comportamiento de su perro, casi todos asumimos algo que rara vez nos detenemos a cuestionar: 𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨 𝐜𝐥𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐩𝐚𝐠𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚.
𝐘 𝐪𝐮𝐢𝐳𝐚́ 𝐚𝐡𝐢́ 𝐞𝐦𝐩𝐢𝐞𝐜𝐞 𝐮𝐧𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐲𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧.
El tutor solicita nuestra ayuda. Convive con el problema, lo sufre y merece todo nuestro respeto. Pero quien realmente necesita la intervención no es quien paga la factura.
𝐄𝐥 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐜𝐞𝐫𝐞𝐛𝐫𝐨, el del perro. No el tutor.
Puede parecer una afirmación extraña, pero toda intervención sobre el comportamiento es, en realidad, una intervención sobre un sistema nervioso que interpreta, siente, anticipa, recuerda, aprende y cambia. 𝐂𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐦𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐦𝐨𝐝𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚, 𝐞𝐧 𝐦𝐚𝐲𝐨𝐫 𝐨 𝐦𝐞𝐧𝐨𝐫 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚, 𝐥𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚 𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐞 𝐜𝐞𝐫𝐞𝐛𝐫𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫𝐚́ 𝐞𝐥 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨 𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐫 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐞 𝐦𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨.
𝐘 𝐒𝐈 𝐄𝐒𝐄 𝐂𝐄𝐑𝐄𝐁𝐑𝐎 𝐍𝐎 𝐌𝐄𝐉𝐎𝐑𝐀 , 𝐋𝐀 𝐈𝐍𝐓𝐄𝐑𝐕𝐄𝐍𝐂𝐈𝐎́𝐍 𝐓𝐀𝐌𝐏𝐎𝐂𝐎
Quizá por eso uno de los mayores errores históricos dentro del entrenamiento animal ha sido "𝐜𝐨𝐧𝐟𝐮𝐧𝐝𝐢𝐫 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐨𝐥𝐮𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚.".
Puede llegar a parecerlo pero, no son la misma cosa.
Una conducta puede desaparecer porque el perro ha aprendido una estrategia mejor. Porque comprende el contexto. Porque dispone de más recursos para afrontar aquello que antes le sobrepasaba.
Pero también puede desaparecer porque evita. Porque anticipa una consecuencia desagradable. Porque ha dejado de explorar. Porque ya no se atreve a expresar lo que antes expresaba. 𝐎, 𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐥𝐥𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐢𝐝𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐚𝐧𝐢𝐟𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐨𝐬𝐭𝐞, 𝐮𝐧 𝐠𝐫𝐚𝐧 𝐜𝐨𝐬𝐭𝐞.
Desde fuera, todas esas situaciones pueden parecer idénticas. Desde la neurobiología son radicalmente diferentes.
Y es precisamente ahí donde la etología moderna, la neurociencia afectiva y la ciencia del aprendizaje han cambiado las reglas del juego. 𝐇𝐨𝐲 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐦𝐨𝐝𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐦𝐨𝐝𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚.
𝐄𝐒𝐓𝐀𝐌𝐎𝐒 𝐌𝐎𝐃𝐈𝐅𝐈𝐂𝐀𝐍𝐃𝐎 𝐔𝐍 𝐂𝐄𝐑𝐄𝐁𝐑𝐎.
Cada intervención reorganiza expectativas, asociaciones, memorias, predicciones, sesgos atencionales y estados afectivos. Es decir, nunca enseñamos únicamente una respuesta. Enseñamos una manera de interpretar el mundo.
Y entonces aparece una pregunta que debería acompañar a cualquier profesional antes de intervenir:
¿Qué está aprendiendo realmente ese cerebro mientras yo creo estar enseñándole otra cosa?
Responder a esa pregunta obliga a reconocer un conflicto del que casi nunca hablamos.
El tutor quiere pasear tranquilo. Quiere recibir visitas sin preocupación. Quiere poder soltar a su perro. Quiere disfrutar de la convivencia. Y todo eso es absolutamente legítimo.
Sin embargo, existe una cuestión todavía más importante.
¿𝐄𝐬𝐭𝐚́ 𝐩𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐝𝐨 𝐞𝐬𝐞 𝐜𝐞𝐫𝐞𝐛𝐫𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐫 𝐞𝐬𝐚 𝐬𝐢𝐭𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧?
Porque bienestar no significa exponer al perro a aquello que el tutor desea hacer. Bienestar significa adaptar el entorno al estado neurobiológico actual del individuo mientras desarrollamos las capacidades necesarias para que algún día pueda afrontar esa situación con seguridad.
Y eso, en ocasiones, implica decir algo que ningún tutor desea escuchar. "𝐍𝐨, 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐦𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨, 𝐬𝐮 𝐩𝐞𝐫𝐫𝐨 𝐭𝐨𝐝𝐚𝐯𝐢́𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐩𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐝𝐨." No es una respuesta cómoda.
Pero probablemente sea una de las respuestas más honestas y científicamente responsables que podemos dar.
Hay quien interpreta esto como elegir el bienestar del perro por encima del bienestar del tutor. Yo no lo veo así. El bienestar del tutor importa, y mucho. Pero no puede construirse a costa del organismo que estamos tratando.
Nuestra responsabilidad consiste precisamente en ayudar al tutor a comprender que proteger el cerebro del perro hoy puede significar renunciar temporalmente a determinadas situaciones para conseguir algo mucho más importante mañana: un perro realmente capaz de afrontarlas.
Porque un cerebro sometido de forma repetida a situaciones para las que todavía no está preparado no aprende más rápido. Aprende de otra manera. Aprende desde la amenaza. Aprende desde la hipervigilancia. Aprende desde la supervivencia.
Y esos aprendizajes rara vez construyen una convivencia estable.
Existe otra cuestión que me parece profundamente humana. No creo que la inmensa mayoría de profesionales quiera hacer daño a un perro. Sinceramente, no lo creo. Creo que la mayoría intenta ayudar. Entonces, ¿por qué personas con conocimientos similares toman decisiones tan diferentes?
Quizá porque durante demasiado tiempo hemos confundido éxito con resultado visible.
> Si el perro deja de ladrar, parece un éxito.
> Si deja de tirar de la correa, parece un éxito.
> Si deja de reaccionar ante otros perros, parece un éxito.
Pero la neurociencia afectiva nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda. ¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐨 𝐡𝐚 𝐩𝐚𝐠𝐚𝐝𝐨 𝐞𝐬𝐞 𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚 𝐧𝐞𝐫𝐯𝐢𝐨𝐬𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐫 𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐚𝐡𝐢́? Y esa pregunta cambia completamente la conversación. Porque ya no discutimos únicamente sobre herramientas. Discutimos sobre qué significa intervenir éticamente sobre un organismo vivo.
Quizá esa sea la mayor revolución que ha traído la neurociencia afectiva. No una nueva técnica. No un nuevo protocolo. Ni siquiera una nueva forma de entrenar.
Nos ha recordado algo que nunca deberíamos haber olvidado: 𝐝𝐞𝐭𝐫𝐚́𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐚𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐮𝐧 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐩𝐫𝐞𝐭𝐚, 𝐚𝐧𝐭𝐢𝐜𝐢𝐩𝐚 𝐲 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞.
" 𝑵𝒊𝒏𝒈𝒖𝒏𝒂 𝒎𝒐𝒅𝒊𝒇𝒊𝒄𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒄𝒐𝒏𝒅𝒖𝒄𝒕𝒖𝒂𝒍 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒊𝒅𝒆𝒓𝒂𝒓𝒔𝒆 𝒖𝒏 𝒆́𝒙𝒊𝒕𝒐 𝒔𝒊 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒆𝒈𝒖𝒊𝒓𝒍𝒂 𝒉𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒕𝒆𝒓𝒊𝒐𝒓𝒂𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒔𝒊𝒔𝒕𝒆𝒎𝒂 𝒏𝒆𝒓𝒗𝒊𝒐𝒔𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒓𝒆𝒕𝒆𝒏𝒅𝒊́𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒂𝒚𝒖𝒅𝒂𝒓."
Por eso, cuando terminamos una intervención, quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente:
"¿𝐇𝐚 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐚𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚?"
Y preguntarnos algo mucho más importante.
¿𝐄𝐬𝐞 𝐜𝐞𝐫𝐞𝐛𝐫𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐡𝐨𝐲 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫 𝐩𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐝𝐨 𝐧𝐞𝐮𝐫𝐨𝐛𝐢𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐲 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐲𝐞𝐫?
"𝑷𝒐𝒓𝒒𝒖𝒆, 𝒔𝒊 𝒍𝒂 𝒓𝒆𝒔𝒑𝒖𝒆𝒔𝒕𝒂 𝒆𝒔 𝒏𝒐, 𝒒𝒖𝒊𝒛𝒂́ 𝒏𝒐 𝒉𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒓𝒆𝒉𝒂𝒃𝒊𝒍𝒊𝒕𝒂𝒅𝒐 𝒖𝒏 𝒄𝒐𝒎𝒑𝒐𝒓𝒕𝒂𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐. 𝑺𝒊𝒎𝒑𝒍𝒆𝒎𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒉𝒆𝒎𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒆𝒈𝒖𝒊𝒅𝒐 𝒔𝒊𝒍𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒓𝒍𝒐."
𝐍𝐨 𝐬𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐯𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐭𝐨𝐩𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝐢́𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐚, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐧𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞.
Vieira de Castro, A. C., Fuchs, D., Morello, G. M., Pastur, S., de Sousa, L., & Olsson, I. A. S. (2020). Does training method matter? Evidence for the negative impact of aversive-based methods on companion dog welfare. PLOS ONE, 15(12), e0225023. DOI: 10.1371/journal.pone.0225023
Morris, C., Deochand, N., Cowan, R. J., et al. (2024).
Functional analysis and treatment of problem behavior by domesticated canines. Journal of Applied Behavior Analysis.
DOI: 10.1002/jaba.2921
Shnookal, J., Tepper, D., Howell, T. J., & Bennett, P. C. (2024).
Counterconditioning-based interventions for companion dog behavioural modification: A systematic review. Applied Animal Behaviour Science, 276, 106305. DOI: 10.1016/j.applanim.2024.106305
Collins, L. M., et al. (2022). Behavioral rehabilitation of extremely fearful dogs: Report on the efficacy of a treatment protocol. Applied Animal Behaviour Science, 254, 105689. DOI: 10.1016/j.applanim.2022.105689
🖼 > 𝐊𝐞𝐢𝐤𝐨 𝐲 𝐋𝐨𝐥𝐚. © 𝐌𝐚𝐧𝐮𝐞𝐥 𝐕𝐢𝐥𝐥𝐚𝐫 𝐃𝐨𝐫𝐚𝐝𝐨, 𝟐𝟎𝟐𝟔. Todos los derechos reservados. Esta fotografía está protegida por la legislación sobre propiedad intelectual. Queda prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública, transformación o cualquier otro uso sin la autorización expresa del autor.
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