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"Las palabras de humo"Una fría lápidaUna ráfaga suave de aire frío me hace volver a abrir los ojos para mostrarme la rea...
09/10/2026

"Las palabras de humo"

Una fría lápida

Una ráfaga suave de aire frío me hace volver a abrir los ojos para mostrarme la realidad de que lo inevitable ha pasado. Es natural, pero a mi no me lo parece ahora.
Pasada la noche en vela, los primeros tragos amargos, las miradas de unos pocos que empujan sin éxito a que el ánimo no caiga más hondo. Pasadas las palmadas en la espalda, los pésames infinitos, las lágrimas compartidas entre anécdotas variadas, alguna sonrisa tonta que se escapa. Cumplido el ceremonial en el que tanto insististe, con tu cuerpo desfilando entre bancos con tristes miradas. Un corto paseo en hombros amigos con una estela humana hacia tu adiós definitivo, entre murmullos, con miradas cruzadas para sentir lo que eras, quién eras, lo que suponías para cada uno de los que hoy te acompañan.

Corrió la caja guiada por las manos expertas hasta el final del nicho en medio de un silencio que hacía aún más duro el sonido del roce de la madera en la piedra. Me llegó algún llanto cercano, algún sonido de pañuelo recogiendo las penas, algún abrazo de consuelo de los que poco consuelan. Estar en primera fila, en este caso no, es la mejor opción, pero toca cuando toca y se debe asumir con el respeto que la escena provoca, no por uno mismo, sino por quién nos abandona. Con el cierre de ladrillo y su posterior cementado las figuras silenciosas desfilan hacia la salida del Camposanto sin que uno sienta nada. Mientras, una mano garabatea en la argamasa, aún fresca, unas iniciales y una fecha que esperarán ser cubiertas por una fría lápida.
Hace ya un buen rato que estoy solo, de pie ante esas letras identificativas, la mirada fija sin apenas pestañear, pensando, ampliando en mi memoria los recuerdos de ti. Para un instante que me permití cerrar los ojos para volver a verte la ráfaga de aire frío me rompió el sueño. Pero es normal, ahora durante un tiempo mezclaré imágenes, algunas reales, otras distorsionadas, y sentimientos, muchos extremos hasta calmar la nostalgia.

Ahora, mientras un par de lágrimas han conseguido escaparse y rodar por mis mejillas, mientras alguien querido me espera en un coche para volver a la rutina, mientras el sol se ha perdido y la oscuridad avanza, mientras el frío gélido sigue su progreso imparable, me acuerdo de cosas sin importancia que hoy cobran un valor no concedido antes. Y sonrío allí, solo, como si la cabeza no funcionara lo bien que debiera, con la razón que sin razón tuviera. Y sonrío con una felicidad triste, lo cual se contradice, pero define exactamente el momento. “¿Hay alguien capaz de comprenderme?” me pregunto sorprendido de que río y lloro al mismo tiempo.
Palpo las letras y la fecha marcadas para comprobar que a estas horas ya han endurecido el cierre. Recorro lentamente con las yemas de los dedos los pequeños surcos que definen cada elemento escrito allí sin querer apartar la mano de nuevo, creyéndome que aún puedo tocarte una última vez. Pero no, esa sensación ya no tiene otra oportunidad, como tantas cosas que en vida podemos y sin ella nos reprochamos no haberlas hecho. Nueva angustia, nueva debilidad interior, se fue la sonrisa y me ahogo en tristeza. “Así será un tiempo” me intento convencer de los cambios que me esperan y que solo mi cabeza será capaz de normalizar por mucho que el resto te diga o haga.

Consigo separar mi mano del tacto rugoso del cemento helado, doy un paso hacia atrás y contemplo la perspectiva que el sitio ofrece rodeado de otras tantas losas cada una con su historia. Me pregunto si esa compañía silenciosa influirá en el descanso eterno, aunque pronto descarto la idea como otra rareza más de las que el duelo a veces nos propone.

- ¿Estás bien? -me preguntó una voz amiga a la que no oí acercarse.
Asentí mintiendo como muchas personas hacen en esas situaciones para tranquilizar a los que los rodean y observan, a los que intentan hacer que tu pesar sea lo más breve. Asentí con un n**o de despedida en la garganta que oprimía mi pecho hasta el punto de provocar unos leves hipidos de desahogo interno. Con la mano en los labios lancé un beso dirigido a aquella pared recién levantada que nos separaba para siempre, al menos físicamente. Con ese beso se cerraba una parte de mi vida, se cerraba tu vida.

Agaché la cabeza, metí mis manos en los bolsillos del pantalón y enfilé mis pasos hacia la salida del cementerio justo en el momento en que una fina lluvia comenzaba a caer sobre el lugar. “Hasta el Cielo llora hoy por ti” pensé para mí.

En unos días volveré para comenzar una nueva etapa frente a una fría lápida.

Una fría lápida Una ráfaga suave de aire frío me hace volver a abrir los ojos para mostrarme la realidad de que lo inevitable ha pasado....

DÉCIMOS DE LOTERÍA DE NAVIDADAl igual que el año pasado, este año volvemos a colaborar con el Club de Tenis de Mesa de C...
07/10/2026

DÉCIMOS DE LOTERÍA DE NAVIDAD

Al igual que el año pasado, este año volvemos a colaborar con el Club de Tenis de Mesa de Cúllar Vega (número 88698) y con la Peña Deportiva Cervantes (número 28863) en la venta de décimos que aporten algún fondo para que ambos clubs puedan seguir con la labor que realizan. Cada décimo se vende a 23 euros de los que 20 se juegan como décimo normal y 3 van al club correspondiente, según se compre un número u otro.
Ya tenemos los décimos, aunque no nos han traído muchos, y algunos ya están pedidos, así que si estas interesado se ruega no tardar en pasarse a retirarlo para evitar que alguien se quede sin él.

Mucha suerte para todos, nosotros incluidos.

"Las palabras de humo"“Tocar” la músicaLeía el otro día un artíc**o de Carmen Camacho Mikel Lejarza en el diario Granada...
02/10/2026

"Las palabras de humo"

“Tocar” la música

Leía el otro día un artíc**o de Carmen Camacho Mikel Lejarza en el diario Granada Hoy en donde comentaba el retorno a la actualidad de los discos de vinilo y en él escribía una frase que me arrancó una sonrisa por la realidad que en mí supone. Describía Carmen que hoy los lp´s “vuelven a ocupar un lugar cálido en las colecciones de quienes aún desean tocar la música”. Tocar la música. Esta última afirmación me parecía que describía a la perfección lo que en muchas ocasiones he percibido disfrutando de algunos de mis viejos discos de rock. Me transportó a otras épocas, hace ya bastantes años (son las cosas de cumplir tantos ya), en donde la escucha de música era un ritual, al menos para mí y para muchos de los amigos que me rodeaban, y que afortunadamente aún conservo.

De joven, había en casa de mis padres una habitación común que la llamábamos la “salita verde” por el color de los tapices que tenían los asientos allí presentes. En esa sala fue instalado por mi padre un equipo compacto de música, plateado y negro, alargado más que alto, con plato tocadiscos, doble pletina de cassette y sintonizador de radio AM/FM con sus dos bafles correspondientes. Sería el año 1978 más o menos y aquello suponía la “revolución” de la casa pues nunca antes habíamos tenido un aparato de ese estilo. Recuerdo el primer vinilo que me compré con mucho esfuerzo en “Discos Callejas”, cerca de Plaza Nueva, era el “Blondes have fun” de Rod Stewart que aún conservo (creo recordar que fueron 215 pesetas). Con ese primer disco, y luego con los que le sucedieron en los años posteriores, me inicié en la ceremonia que suponía ponerse a escuchar música con esos soportes y en ese tipo de equipos. Seré un “romántico”, pero el placer de abrir la tapa del tocadiscos, quitar la protección a la aguja, extraer con cuidado el disco de su funda y limpiar sus surcos con el cepillo de terciopelo para retirar el polvo que tuvieran y sonara mejor, colocarlo en el plato y apoyar el brazo de la aguja mientras se iniciaba el movimiento circular del disco, todos esos pasos, siempre me generaban un leve cosquilleo interior que explotaba en placer sonoro al sentir los primeros sonidos analógicos, “cálidos y algo sucios” de la aguja por los surcos, expelidos por los altavoces. Sentir “Da ya think I´m sexy?” por primera vez a un volumen controlado (controlado por mí o por mi madre que se encargaba que no nos excediéramos) es un recuerdo que aún me hace sonreír, pues comenzaba a iniciarme en uno de mis mayores hobbies de mi vida que es la música. También recuerdo con mucho cariño el single de la película Grease, “You´re the one that I want” que no sé cómo aguantó tantas y tantas veces que sonó durante muchos años, pues esa canción era del gusto de prácticamente todos los habitantes de la casa.

En esas escuchas de los lp´s, aparte de disfrutar con el sonido en sí, también era un placer palpar a la vez la carpeta del disco, mirar la portada, contraportada, sentir la suavidad del plástico de la funda interior que cuidaba al mismo, ir leyendo las letras de las canciones que solían venir en un pliego interior o, en aquellos dobles que se desplegaba la carpeta, en el mismo cartón exterior. Era la forma de “tocar la música” como muy bien me ha recordado Carmen en su artíc**o. Así, mezclando lo percibido por el oído con lo palpado con el tacto, admirado con la vista en las maravillosas portadas, fotografías o dibujos que ese soporte adjuntaba y hasta el olor peculiar que desprende el formato, el sabor que te quedaba tras la escucha era inmejorable, ya sea en soledad, tranquilo en casa, como en compañía cuando nos reuníamos el grupo de amigos en las casas (más bien en las habitaciones) de alguno de nosotros. Y si encima te encontrabas con auténticas obras de arte como el “Thick as a Brick” de Jethro Tull que presentaba el vinilo dentro de un periódico de 10-12 páginas, creo recordar, tenías entretenimiento casi para toda la vida.

Pasaron unos años hasta que con mi primer sueldo profesional pude cumplir uno de mis sueños, tener un equipo de música en mi propio cuarto. Aún recuerdo nervioso ir a Alcampo a por una torre de sonido Aiwa (perdón por tanta marca, pero no he podido borrármelas de la cabeza) en donde convivían el plato gira discos, la doble pletina de cassette, la radio sintonizadora de emisoras infinitas y, aquí vino la traición tecnológica a la tradición analógica, un lector de CD que se las prometía felices en un futuro próximo. Completamente negro, aquel equipo sonaba como los ángeles y su estreno triunfal incluyó como bautizo musical el “Made in Japan” de Deep Purple, en vinilo, por supuesto. Obviamente, las llamadas maternas al orden de decibelios aumentaron en proporción al entusiasmo que cada canción proporcionaba, aunque la satisfacción de tener el mueble con semejante aparato y mi humilde colección de lp´s recogidos en mi habitación superaba todo ese debate. Disfruté muchos con aquel equipo que me duró bastantes años en perfectas condiciones de uso.

Cuando el CD apartó temporalmente al vinilo (algunos creíamos que sería definitivamente), todos esos rituales se empequeñecían empezando por el tamaño tan diferente que el nuevo formato te dejaba manejar entre las manos. Todo más pequeño, no tan atractivo (al menos para mí), aunque primaba la comodidad y se suponía que la duración física frente a lo anterior. Aunque se “tocaba la música”, ya no era el mismo “tacto”. Por eso me alegro del “revival” actual de nuestros vinilos de antaño, de que músicos de ahora se atrevan a ofrecer ese soporte dentro de sus últimas ofertas, de que tanta gente joven, y no tan joven, gocen de aquellas sensaciones mientras el sonido no tan limpio del disco gana batallas al digitalizado CD. No es que aquello fuera mejor ni peor que lo moderno, pero para muchos supuso una señal de identidad de nuestra juventud que satisface verlo perdurar en el tiempo.

Gracias, Carmen, por tu artíc**o y que sigamos todos, durante mucho tiempo, “tocando la música”.

“Tocar” la música Leía el otro día un artíc**o de Carmen Camacho Mikel Lejarza en el diario Granada Hoy en donde comentaba el retorno a ...

MANIFESTACIÓN VETERINARIA EL 14 DE OCTUBRE CONTRA EL RD 666/2023Seguimos la lucha por nosotros, por vosotros y, sobre to...
01/10/2026

MANIFESTACIÓN VETERINARIA EL 14 DE OCTUBRE CONTRA EL RD 666/2023

Seguimos la lucha por nosotros, por vosotros y, sobre todo, por ellos. Este artíc**o recuerda brevemente los principales puntos que nos incumben a TODOS.

El Comité de Crisis Veterinario exige cambios en el marco normativo para garantizar la seguridad jurídica, el acceso de los animales a los tratamientos y una re...

"Las palabras de humo"El misterioso “caso Soja”Siendo veterinario clínico desde hace ya unos años, nunca demasiados, per...
25/09/2026

"Las palabras de humo"

El misterioso “caso Soja”

Siendo veterinario clínico desde hace ya unos años, nunca demasiados, pero no pocos, he tenido ocasión de comprobar in situ o relatado por algún cuidador de gatos en la consulta la capacidad de sorprendernos que tienen estos felinos. Por agilidad, tamaño y complexión anatómica, el gato suele ganar al perro en diferentes retos que les propongamos, siendo su porte al andar mucho más elegante. No quiero con esto decir que me gusten más unos que otros, que nadie mal interprete, pero es una realidad que en esos aspectos alguna ventaja tienen los mininos.

Viene este prólogo a introducir la anécdota que hace unas semanas me aconteció con uno de mis “gatos nietos”, en concreto con Soja, una gatilla de apenas un año, de unos cuatro kilos de peso, que suele ser tímida en los primeros contactos con extraños. Estando yo de “Rodríguez” en la ciudad, me llamó mi hija preocupada porque estaba fuera y no veía hacía unas horas por la cámara de seguridad que tiene en casa y controla por el móvil a la nombrada gatuna (algún día hablaremos del control tecnológico “parenteral” que muchos tienen a niveles de Alcatraz, pero eso será en otra ocasión). Al parecer, su compañero de vida, Benito, sí paseaba su alegría por toda la casa, y hasta jugaba con los movimientos dirigidos de la lente que lo vigilaba, sin pudor ninguno, posando y maullando ajeno a la desaparición descrita y sin preocupación alguna por la misma. Tras remolonear un rato por si hacía acto de aparición la perdida asumí que tenía que afrontar los más de cuarenta grados de las 14 horas, durante 15 minutos, para llegar a la casa del misterio. Por más que buscaba sombras de soportales que me salvasen de la insolación no hubo apenas tregua hasta el portal a donde desembarqué envuelto en un mar de sudor, cual botijo de antaño que se precie, y con la cabeza a punto de derretirse.
Mientras subía en el ascensor confiaba en la pronta aparición de Soja al oírme entrar y en poder brindar por la misión cumplida con cualquier bebida fresquita que encontrara en el frigorífico filial a la vez que miraba a la cámara vigilante. Así dejaría tranquila a mi hija y podría regresar a mi hogar a cobijarme bajo el chorro proyectado por alguno de los múltiples ventiladores de aspas que han proliferado allí este verano (otro tema digno de analizar).

Pronto todos mis planes se fueron al garete al cerrar la puerta del piso y ver tan solo venir a recibirme al “amigo del mundo”, también llamado Benito, que con sus maullidos de bienvenida poca cosa aclaraba del caso que nos ocupaba. La inspección al frigorífico, como era previsible en un porcentaje elevado, tampoco proporcionó esa bebida fresquita prometida por mi optimismo en el viaje “ascensoril” al percibir el eco de vacío dentro del electrodoméstico cuando abrí su puerta. Estos dos “fracasos” momentáneos no debilitaron mi ánimo de cerrar el “caso Soja” cuanto antes y me puse, acompañado en las pesquisas por mi particular Doctor Watson Benito, a recorrer todas las habitaciones que estuvieran abiertas, dando por sentado que en las cerradas no estaría. Hora y media, que se dice pronto, hora y media estuve buscando por todos los rincones, estanterías, areneros, muebles, incluso abrí las habitaciones cerradas por si en un acto de teletransporte había atravesado la gata alguna pared o puerta. Abrí cajones que hasta a mí me costaban abrir, armarios cerrados con llave, subí y bajé las escaleras del bloque por si se había ido por la puerta con la llave en el bolsillo, en fin, que me faltó picar las paredes por si se camuflaba en ellas.

A todo esto, la famosa cámara de seguridad me seguía a ratos con sus movimientos espías, lo cual aumentaba aún mi mal humor, incrementaba aún más si cabe los ríos de sudor por todo el cuerpo y la tensión del momento, pues sabía que ya toda la familia, incluso algún amigo cercano, estaban al corriente del efecto Houdini que Soja había experimentado. Todos esperaban alguna respuesta de las pesquisas realizadas por este detective que, con el calor, el aumento del apetito a esas horas y los nulos datos recopilados hasta ese momento, mantenía un bloqueo mental ante lo inexplicable. Sentado en una silla, en un rincón del salón, hice un último esfuerzo por averiguar dónde estaba mi “Willy” particular felino. De repente me sorprendí al encajar el puzzle mientras perdía mi vista por la habitación acariciando con la mirada cada mueble de los que allí me rodeaban. Me quedé mirándolo fijamente, sin pestañear, sin poder creérmelo todavía, pero recordando que estaba ante mi última oportunidad por increíble que me pareciera. Una sonrisilla ganadora se dibujó en mi sudorosa cara mientras me ponía muy despacio de pie al ritmo cansino de los miaus de Benito.
Había que ir con cuidado, estaba en juego la integridad de la fugada y, por ende, la de este aprendiz de Sherlock en caso de fracasar. Me planté delante del mismo y sin más protocolo fui dando la vuelta, no sin su trabajo debido al peso que tenía, a un sofá de tres cuerpos que llevaba todo el rato haciéndome señales sin yo prestarle atención. Una vez puesto “patas arriba” el dichoso mueble se podía apreciar un bulto sospechoso bajo el forro del fondo del mismo, bulto que no se movía, no respondía a mi suave presión, ni siquiera a una nueva tanda de miaus de mi acompañante. Tras un buen rato desmontando cojines, cremalleras y levantando forros pude ver, en la esquina más profunda del tresillo, una bola gris que apenas respiraba para no ser descubierta. Estiré la mano, la cogí suavemente y la solté para que saltara libre a inventar otra faena.

Ni que decir tiene que la reconstrucción del sofá fue a conciencia, tapando toda posibilidad de que repitiera el número, aún sin explicarme como pudo serpentear por el mueble hasta el lugar que no tenía retorno. Aunque tratando con gatos nunca se sabe…
Menos mal que no me dio por echar la siesta en el sofá antes de mis pesquisas.

Caso cerrado.

El misterioso “caso Soja” Siendo veterinario clínico desde hace ya unos años, nunca demasiados, pero no pocos, he tenido ocasión de comp...

Lo de menos es que hoy sea otro "Dia mundial de..." como tantos y tantos que hay, lo importante es la opción de adoptar....
23/09/2026

Lo de menos es que hoy sea otro "Dia mundial de..." como tantos y tantos que hay, lo importante es la opción de adoptar. Siempre he dicho que nadie obliga a nadie a tener una compañía peluda en su vida, que debe ser un acto voluntario y deseado. Pero si se decide uno a compartir vida con uno de estos maravillosos amigos, no hay nada mejor que optar por la adopción porque, como dice el cartel adjunto, es "abrir espacio para salvar otra vida".

Si estas en esa tesitura, piénsalo un poco y si tienes alguna duda lo podemos hablar sin ningún ánimo de convencerte de nada.

"Las palabras de humo"Claudia TacoronteEl nombre y apellidos del título de hoy puede no ser conocido por mucha gente. Ló...
18/09/2026

"Las palabras de humo"

Claudia Tacoronte

El nombre y apellidos del título de hoy puede no ser conocido por mucha gente. Lógico, era una mujer joven, de 21 años de edad, estudiante de la UGR, nuestra universidad de Granada, que estaba de intercambio académico en México donde pasaba un tiempo continuando con sus estudios del grado de infantil que cursaba aquí, en nuestra tierra. Ella era de Canarias. Lo dicho, una desconocida para la inmensa mayoría de los ciudadanos de pie al igual que lo somos esa inmensa mayoría para el resto.
Presentada a groso modo la protagonista de este triste escrito, solo queda añadir, para aquel que aún no lo sepa, que fue asesinada el domingo 13 pasado en la ciudad de Morelos, en México, por algún malnacido que veremos a ver si dan con él. Apenas llevaba tres semanas allí.

Yo tengo una hija algo mayor que ella, poco más, que ha acabado sus estudios recientemente y que en alguna ocasión rechazó, por voluntad propia, la posibilidad que se le brindaba de hacer algún intercambio académico como el de Claudia. Pero, igual que lo rechazó, lo podía haber aceptado sin que le hubiéramos puesto nosotros, sus padres, ningún impedimento al entender que son oportunidades de formación, educación, madurez como persona y de conocimiento de otros países y culturas que enriquecen y lo mismo nunca más se te van a presentar, independientemente del provecho que se haga de ello en muchas ocasiones. De hecho, en nuestra época universitaria no había tantas posibilidades como las hay hoy.

Por todo esto, cuando nos hemos enterado en casa del suceso, del as*****to de Claudia, se nos ha venido a la cabeza, lo primero, esa joven a la que se ha privado de sus sueños, de sus errores, de sus triunfos, de sus lágrimas y de sus sonrisas. No la conocía personalmente, pero seguro que de todo lo anterior ya tenía algún recuerdo que contar, pero al que no se le unirá, por desgracia, ningún otro. Comenzaba, supongo, como le pasa a mi hija, a tener una base de experiencias sobre la que construir un futuro y no la han dejado armarlo.

Lo segundo que se le viene a la mente a uno en estas circunstancias es su familia y amigos. Sin explicación alguna, porque no habrá razonamiento alguno que justifique la pérdida, no tendrán nunca más a ella a su lado y eso, repito por la empatía que me transmite el caso, debe de ser para volver loco a la mente más preparada. Qué injusta es la vida en muchas ocasiones y qué poca lógica maneja.

Ahora vienen los lamentos, los argumentos por echar el c**o fuera de todos los que podrían tener alguna posibilidad de prever esta situación, las palmadas en la espalda con “lo siento” insensible y mañana la soledad de quien la quiso y aún la necesitaba cerca, viva.
En esa misma universidad mexicana había habido otras estudiantes asesinadas no hacía mucho (en concreto tres más en este año), como si estuviese normalizado, aunque cueste creerlo. Ahora, tras la muerte de Claudia, desde la UGR se ha reubicado a otros tres estudiantes que iban a ir a esa universidad mexicana hacia otros destinos admitiéndose que, en donde estaba Claudia, en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en la actualidad lo que se recomendaba era “no salir muy tarde ni de noche y no acudir a ciudades aledañas, como Cuernavaca”. Pues conociéndose ese ambiente, qué quieren que diga, yo no hubiera mandado a ningún estudiante allí y menos siendo mujer que son al parecer el blanco de esas mafias, delincuentes o lo que se mueva por aquellos lares. Alguien debe de tener todos esos detalles más que estudiados para evitar situaciones como estas y si, aun así, sabiendo todo este peligro, ofreces esos destinos, alguien debe tener alguna responsabilidad de las consecuencias. Toda información es poca cuando vas a un nuevo lugar, con sus buenas y malas costumbres como tenemos todos, y no vale la excusa fácil que se podría esgrimir con que la “juventud” se salta las normas. Si no te aseguras evitar esas posibilidades de un peligro real, no se ofrecen esos destinos y se acabó, se buscan otros en donde la seguridad esté más garantizada (que nunca será 100%). Todos hemos sido jóvenes y todos, en mayor o menor medida, hemos podido tener nuestros gestos de rebeldía, nuestras salidas de la normalidad, nuestras “locuras” y fiestas que hoy de más mayores no nos explicamos, en fin, mil situaciones que nunca deben de llevar a donde ha terminado Claudia.

Siento que hoy la historia no sea entretenida, divertida ni cómica, como me suele gustar a mí que sea. Siento no dejar hoy una sonrisa colgada en la cara del que se atreve a leerme. Siento la tristeza del suceso. Pero cuando leí la noticia quería tener este pequeño homenaje para esa joven que seguramente marchó con ganas de comerse un trocito de mundo y ese trocito de mundo no se lo permitió de forma totalmente injusta.

Por Claudia y por esas tres chicas también allí asesinadas, hoy toca pensar en cómo cambiar determinadas cosas muy tristes de este mundo. Queda pendiente brindar con una sonrisa por ella… cuando haya ganas.

"LA PASARELA" DE CLÍNICA VETERINARIA RÍO GENILNuestra Pasarela de hoy nos presenta a una nueva amiga gatuna de lo más si...
17/09/2026

"LA PASARELA" DE CLÍNICA VETERINARIA RÍO GENIL

Nuestra Pasarela de hoy nos presenta a una nueva amiga gatuna de lo más simpática. Se llama “Nina” y tiene todo lo que debe tener un cachorrito de gato para caer en gracia a todo el que la trata. Noble, curiosa, dócil, admite todo durante su exploración sin protestas apenas en su vacunación. Como se la ve en las fotografías es como es en su trato. En cuanto la soltamos en el suelo se pegó un recorrido completo por la clínica y hasta se atrevió con la silla del veterinario a la que se subió trepando sin miedo. Un rato muy agradable con esta “elementa” a la que seguiremos su evolución.

"Las palabras de humo"Me han comentado varias personas que les sería más fácil la lectura de los escritos publicadas dir...
11/09/2026

"Las palabras de humo"

Me han comentado varias personas que les sería más fácil la lectura de los escritos publicadas directamente aquí, así que lo haré de ambas formas dejando el enlace al blog al final del texto por si alguien le apetece más ir allí. Espero que guste esta nueva historia.

La voz de la experiencia

Oí una vez a un anciano: “Un estómago hambriento, un monedero vacío y un corazón roto, enseñan las mejores lecciones de vida”. Era la voz de la experiencia y digo era porque hace unos días que me enteré que había fallecido.

Mariano, que así se llamaba el señor, se sentaba cada mañana en un banco de unos céntricos jardines de Granada. Era viudo, sin hijos y le había dado a la vida todo su esfuerzo con la hormigonera, los ladrillos y el rulo de pintura. No tenía estudios y sabía leer lo justo, pero tenía experiencias para regalar a todo el que quisiera sentarse un rato a su lado a escucharle. Desde pequeño se acostumbró a buscarse su propio camino. Al ser niño de la posguerra me contaba con melancolía sus tiempos de “estómago hambriento” en donde los días buenos los garbanzos cocidos hacían de calmante, pero los días de pan duro eran los más habituales. El padre, nevero de profesión antes de la llegada de los electrodomésticos, apenas se dejaba ver en casa con lo que su relación maternal pasó a ser su única familia. Lo que llamaban “mi casa” era poco más que una chabola muy falta de higiene que mantenía su madre en lucha con el poco tiempo que el trabajo del campo le permitía. Mariano pronto dejó el colegio y la acompañó en esas labores duras para un crío de apenas ocho años en donde al menos podía entretener su gusa mientras charlaba con unos y otros. Un día, cuando llegaban de una jornada laboral más, la tragedia de un accidente les dejaba viuda a una y huérfano al otro. Si el monedero estaba falto aquello fue la raja que acabó por vaciar lo poco que tenían.

Dos años casi en la indigencia llevaron a Ramona, su madre, en una decisión muy criticada por su entorno, a meter en una maleta los últimos valores que quedaban y tirar vías hacia Alemania con la mano de Mariano bien asida. Piepenbrock, una empresa de limpieza de oficinas, en su sucursal de Düsseldorf, fue su destino con turnos nocturnos o de primeras horas del día quedando Mariano al cuidado de otros compatriotas que lo acompañaban a la escuela alemana donde nunca se integró. Las dificultades del idioma, el desarraigo y el choque cultural lo tenían sumido en una tristeza disimulada de cara a su madre que jamás confesó.
Tras ocho años siendo llamado “el español” en Alemania y “el alemán” en las escasas y cortas visitas que hacían a Granada, le surgió a Ramona una oportunidad irrechazable: ser “concierge”, portera en castellano, en un edificio junto a la Torre Eiffel, en París. La vida cambió para madre e hijo en una humilde vivienda en la planta baja, junto a la entrada del edificio. Desde allí todo estaba controlado con mucha más facilidad y sin desplazamientos ni horarios que rompieran la conciliación familiar. Además, en muchos de los edificios cercanos había otras mujeres españolas en su misma situación, las llamadas “Conchitas” como recordaba Mariano que las llamaban los franceses.

Aquel crío que emigró a Alemania se hacía poco a poco un hombre viendo pasar a los vecinos constantemente y ayudando en las tareas de reparto del correo o incluso de barrer las escaleras. Recuerda Mariano que uno de los vecinos del barrio fue el que lo animó a aprender el oficio de pintor de brocha gorda que él mismo ejercía y con él fue con el que dio sus primeros pasos laborales. René, que así se llamaba el sujeto, hacía pequeñas reformas que dejaba a Mariano rematar con la pintura. Lo trataba tan bien que siempre soñó Mariano con que pudiera llegar a ser pareja de su madre, cosa que jamás ocurrió no por falta de empeño del caballero. Sin embargo, sí que llegaron a emparentar por otro lado por esas cosas de la vida. Una tarde de verano, solía contar Mariano, tras la jornada de trabajo, llegaban él y René a la portería cansados y llenos de pintura cuando vio a su madre departiendo con una joven muy sonriente que gesticulaba algo histriónica mientras narraba alguna historia. Para su sorpresa resultó ser la hija de su jefe de la que no tenía noticias hasta ahora por silencio de uno y residencia de la otra en un pueblo cercano. En este punto narrativo, a pesar de ser esperado y repetido hasta la saciedad por el anciano Mariano en su relato diario, siempre se notaba un punto de emoción en su tono de voz pues comenzaba a describir una historia de amor, su historia de amor, sencilla, pero intensa.

A pesar de la oposición que René planteó al principio, él y Ramona pudieron ver una boda humilde entre sus hijos en la Iglesia de San Cecilio en el barrio del Realejo, donde ellos habían pasado parte de su vida y donde finalmente acabaron viviendo la joven pareja.

Mariano contaba la frase con la que se abre este escrito
enfatizando que la peor parte de la misma la vivió cuando su mujer falleció hacía un par de años. Y es que un corazón roto te puede dar lecciones de vida, pero también te la arranca cuando se ama como él la quería.

La voz de la experiencia Oí una vez a un anciano: “Un estómago hambriento, un monedero vacío y un corazón roto, enseñan las mejores lecc...

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