09/10/2026
"Las palabras de humo"
Una fría lápida
Una ráfaga suave de aire frío me hace volver a abrir los ojos para mostrarme la realidad de que lo inevitable ha pasado. Es natural, pero a mi no me lo parece ahora.
Pasada la noche en vela, los primeros tragos amargos, las miradas de unos pocos que empujan sin éxito a que el ánimo no caiga más hondo. Pasadas las palmadas en la espalda, los pésames infinitos, las lágrimas compartidas entre anécdotas variadas, alguna sonrisa tonta que se escapa. Cumplido el ceremonial en el que tanto insististe, con tu cuerpo desfilando entre bancos con tristes miradas. Un corto paseo en hombros amigos con una estela humana hacia tu adiós definitivo, entre murmullos, con miradas cruzadas para sentir lo que eras, quién eras, lo que suponías para cada uno de los que hoy te acompañan.
Corrió la caja guiada por las manos expertas hasta el final del nicho en medio de un silencio que hacía aún más duro el sonido del roce de la madera en la piedra. Me llegó algún llanto cercano, algún sonido de pañuelo recogiendo las penas, algún abrazo de consuelo de los que poco consuelan. Estar en primera fila, en este caso no, es la mejor opción, pero toca cuando toca y se debe asumir con el respeto que la escena provoca, no por uno mismo, sino por quién nos abandona. Con el cierre de ladrillo y su posterior cementado las figuras silenciosas desfilan hacia la salida del Camposanto sin que uno sienta nada. Mientras, una mano garabatea en la argamasa, aún fresca, unas iniciales y una fecha que esperarán ser cubiertas por una fría lápida.
Hace ya un buen rato que estoy solo, de pie ante esas letras identificativas, la mirada fija sin apenas pestañear, pensando, ampliando en mi memoria los recuerdos de ti. Para un instante que me permití cerrar los ojos para volver a verte la ráfaga de aire frío me rompió el sueño. Pero es normal, ahora durante un tiempo mezclaré imágenes, algunas reales, otras distorsionadas, y sentimientos, muchos extremos hasta calmar la nostalgia.
Ahora, mientras un par de lágrimas han conseguido escaparse y rodar por mis mejillas, mientras alguien querido me espera en un coche para volver a la rutina, mientras el sol se ha perdido y la oscuridad avanza, mientras el frío gélido sigue su progreso imparable, me acuerdo de cosas sin importancia que hoy cobran un valor no concedido antes. Y sonrío allí, solo, como si la cabeza no funcionara lo bien que debiera, con la razón que sin razón tuviera. Y sonrío con una felicidad triste, lo cual se contradice, pero define exactamente el momento. “¿Hay alguien capaz de comprenderme?” me pregunto sorprendido de que río y lloro al mismo tiempo.
Palpo las letras y la fecha marcadas para comprobar que a estas horas ya han endurecido el cierre. Recorro lentamente con las yemas de los dedos los pequeños surcos que definen cada elemento escrito allí sin querer apartar la mano de nuevo, creyéndome que aún puedo tocarte una última vez. Pero no, esa sensación ya no tiene otra oportunidad, como tantas cosas que en vida podemos y sin ella nos reprochamos no haberlas hecho. Nueva angustia, nueva debilidad interior, se fue la sonrisa y me ahogo en tristeza. “Así será un tiempo” me intento convencer de los cambios que me esperan y que solo mi cabeza será capaz de normalizar por mucho que el resto te diga o haga.
Consigo separar mi mano del tacto rugoso del cemento helado, doy un paso hacia atrás y contemplo la perspectiva que el sitio ofrece rodeado de otras tantas losas cada una con su historia. Me pregunto si esa compañía silenciosa influirá en el descanso eterno, aunque pronto descarto la idea como otra rareza más de las que el duelo a veces nos propone.
- ¿Estás bien? -me preguntó una voz amiga a la que no oí acercarse.
Asentí mintiendo como muchas personas hacen en esas situaciones para tranquilizar a los que los rodean y observan, a los que intentan hacer que tu pesar sea lo más breve. Asentí con un n**o de despedida en la garganta que oprimía mi pecho hasta el punto de provocar unos leves hipidos de desahogo interno. Con la mano en los labios lancé un beso dirigido a aquella pared recién levantada que nos separaba para siempre, al menos físicamente. Con ese beso se cerraba una parte de mi vida, se cerraba tu vida.
Agaché la cabeza, metí mis manos en los bolsillos del pantalón y enfilé mis pasos hacia la salida del cementerio justo en el momento en que una fina lluvia comenzaba a caer sobre el lugar. “Hasta el Cielo llora hoy por ti” pensé para mí.
En unos días volveré para comenzar una nueva etapa frente a una fría lápida.
Una fría lápida Una ráfaga suave de aire frío me hace volver a abrir los ojos para mostrarme la realidad de que lo inevitable ha pasado....