25/08/2026
Soy asturiana y provengo de una familia ganadera del concejo de Somiedo. Desde siempre he conocido de cerca lo que significa vivir del ganado y, sobre todo, el esfuerzo, la dedicación y los sacrificios que ha supuesto para nuestros ganaderos cuidar de sus animales.
Mis abuelos pasaban los veranos con sus rebaños de vacas y ovejas en las morteras y prados de montaña, muchas veces alejados del pueblo. Cuando llegaba la noche, no dejaban a los animales a su suerte. Sacaban del grupo a las xatinas y las llevaban a las cabañas de teito para protegerlas de los depredadores, especialmente del lobo. Mi abuelo se quedaba allí a dormir con ellas, vigilando y protegiendo su ganado.
Y así transcurría todo el verano: trabajando cada día, sin GPS, sin las comodidades actuales y sin las subvenciones que existen hoy. La única garantía que tenían era su propio trabajo, su presencia y su responsabilidad. Sabían que tener ganado significaba estar pendiente de él día y noche, especialmente cuando se encontraba en la montaña.
Por eso resulta difícil entender que hoy, en algunos casos, se pretenda sustituir ese trabajo y esa vigilancia por un GPS y una o dos visitas al día, dejando al ganado campeando a sus anchas y a los animales más vulnerables expuestos durante la noche, mientras el ganadero duerme tranquilamente en su casa.
No se trata de negar que el lobo exista ni de ignorar las dificultades que supone convivir con él. Se trata de recordar que la ganadería de montaña siempre ha exigido responsabilidad, esfuerzo y vigilancia.
Mis abuelos no tenían otra opción que cuidar de su ganado. No podían esperar que otros resolvieran las consecuencias de no haberlo protegido. Su ganado era su medio de vida y lo defendían con trabajo, sacrificio y presencia.
Hoy tenemos más medios, más tecnología y más ayudas. Pero ninguna tecnología puede sustituir completamente al ganadero ni la responsabilidad de cuidar de los animales.
Por eso, en mi opinión, el problema no es únicamente el lobo. El problema aparece cuando se pretende hacer ganadería sin asumir el mismo nivel de responsabilidad y dedicación que durante generaciones asumieron nuestros mayores.
El problema no es el lobo. El problema es no hacer bien el trabajo.
Y decirlo no es estar contra los ganaderos. Al contrario: es defender a quienes realmente trabajan, cuidan de sus animales y mantienen viva una forma de vida que forma parte de nuestra historia y de nuestras montañas.
Anónimo