09/09/2026
https://www.facebook.com/share/p/18XGzveEhB/
Antes de 1846, entrar a un quirófano significaba afrontar algo que hoy resulta difícil de concebir: el cirujano podía cortar, amputar o extraer un tumor mientras el paciente permanecía consciente.
Existían alcohol, opio y otros recursos para disminuir el sufrimiento, pero todavía no había un método fiable de anestesia general. En muchas operaciones, los ayudantes sujetaban al enfermo mientras el cirujano intentaba terminar lo más rápido posible. La velocidad era una habilidad quirúrgica porque cada segundo prolongaba el dolor y también aumentaba otros riesgos.
El cambio comenzó antes de que la medicina comprendiera por completo lo que tenía entre manos.
El 30 de marzo de 1842, el médico Crawford W. Long administró éter a James Venable antes de extirparle unos quistes del cuello en Georgia. Long había observado que personas que inhalaban éter por diversión podían golpearse sin sentir inmediatamente el dolor. Su utilización quirúrgica, sin embargo, no se difundió entonces.
Cuatro años después ocurrió la demostración que transformó la práctica médica.
El 16 de octubre de 1846, en el Massachusetts General Hospital de Boston, el dentista William T. G. Morton hizo inhalar éter a Edward Gilbert Abbott. El cirujano John Collins Warren pudo extirparle una lesión del cuello mientras el paciente permanecía anestesiado.
La noticia se propagó rápidamente y el éter comenzó a utilizarse en otros hospitales.
Un detalle suele confundirse al contar esta historia: el éter y el llamado “gas hilarante” no son lo mismo. El gas hilarante es óxido nitroso, cuya capacidad para disminuir el dolor también había sido estudiada antes de 1846.
En cuestión de meses, una profesión acostumbrada a operar con el paciente despierto comenzó a descubrir que el dolor ya no tenía por qué formar parte inevitable de la cirugía.