13/07/2026
CUANDO CORRIA CON EL VIENTO.
No fue la vista, ni el olor a tierra que me hizo dudar de mi condición humana por primera vez.
Hay un cambio drástico en el ruido que se torna visceral cuando el auto deja el asfalto y las ruedas muerden la tierra suelta, el motor se apaga en mi cabeza y solo siento, el pecho profundo, que mi visión se hace periférica y el viento se convierte en un sonido que me ensordece del mundo para que mi instinto aflore.
Llegamos al campo, mi hija me recibe, me abraza y acaricia mis manos, pero mi memoria celular recuerda unas manos ásperas y curtidas de un dueño que no sabía de mimos ni caricias, si de utilidades y logros.
En esa otra vida yo no era un ser, era una herramienta de fibra y huesos.
Recuerdo el frio del metal de la jaula, los largos viajes en la camioneta viendo el amanecer, el hambre generada, porque hambriento yo corría con mas rabia y esa rabia se trasformaba en velocidad.
Había un orgullo amargo en ser el mejor y cumplir las altas expectativas, incluso en el momento del triunfo, cuando el aire me quemaba los pulmones, yo era consciente del descarte.
Ser un galgo veloz te acerca un paso mas a tu propio fin. Corría para ganar.
El descarte era una cita obligada, y un día sucedió.
Ese descarte no llego con gritos, llego con un desolador silencio.
Fue un domingo, él no me miro.
Recuerdo un viaje largo.
Me bajo en una curva donde el pasto estaba alto. No hubo despedidas. Escuche el portazo de la jaula y el ruido del motor alejándose.
Me quede allí inmóvil, estático, con esa lealtad estúpida que tenemos los galgos.
Me volví inservible.
Recuerdo la soledad de la primera noche, en esa curva, recuerdo el hambre que me doblaba el lomo.
Mis cicatrices, esas hechas contra los alambrados y con el látigo implacable empezaron a arder. Estaba solo, con el pelaje pegado a los huesos.
No había dignidad en mi dolor.
Y es entonces en la cocina de la casa de campo, cando vuelvo a mí y comprendo tan claramente, porque el frio me estremece, poque miro el plato de comida sobre la mesa.
Acaricio mis brazos buscando con los dedos las cicatrices que ya no están, las marcas del alambre y del desprecio que la piel nueva decidió cubrir.
Duelen los días grises y húmedos porque mi memoria solo sabe que el cielo se pones de ese olor cuando los débiles son abandonados.
Entonces me levanto rápido, miro por la ventana y trato de convencer al destino que todavía sirvo, que soy digno de amor y de esta vida donde por fin ya no hace falta correr.
Escribe Lorena Montuoro