31/05/2026
Vaquita, el pequeño gato tuxedo del vecindario, caminaba orgulloso por el patio como si fuera el dueño de todo.
Con su pecho blanco impecable y su mirada seria, vigilaba cada rincón desde la cerca de madera.
Pero aquella tarde apareció Simón, un enorme gato naranjoso con cara de no tenerle miedo a nada.
Todo comenzó por culpa de una caja de cartón abandonada junto al jardín.
—Esa caja es mía —maulló Vaquita, arqueando la espalda.
—La vi primero —respondió Simón mientras metía una pata dentro.
En segundos, comenzaron a girar alrededor de la caja: ¡Pum!
¡Paf!
¡Miau!
Colas infladas, orejas hacia atrás y patas rápidas como relámpagos.
Las hojas volaban por el aire mientras ambos rodaban por el césped como dos bolitas de furia peluda.
Hasta que, en medio de la pelea…
la caja se rompió.
Los dos gatos quedaron congelados mirando el desastre.
Dentro había solo una vieja pelota con cascabel.
Vaquita miró a Simón.
Simón miró a Vaquita.
Y de repente… los dos comenzaron a jugar juntos con la pelota como si nunca hubieran peleado.
Desde aquel día, el tuxedo elegante y el naranjoso gruñón se volvieron inseparables.
Aunque claro… todavía discuten por las cajas. 😼