03/07/2026
NO ESTABA ROMPIENDO TU MANGUERA. EL GOTE0 QUE MORDÍ ERA EL ÚNICO RÍO QUE ME QUEDABA EN EL CERRO.
Me viste colgada del tubo negro.
Con el cuerpo tenso.
Los dientes sobre el plástico.
La lengua buscando una gota que apenas alcanzaba a salir.
Y pensaste:
“Ya empezó a echar a perder el riego.”
“Nomás viene a morder por maña.”
“Hay que quitarla antes de que dañe todo.”
Pero yo no estaba jugando con tu manguera.
Estaba bebiendo.
Soy una ardilla.
Y cuando el calor aprieta de verdad, el monte cambia más rápido de lo que parece.
Las semillas se secan.
Los charquitos desaparecen.
Las hojas tiernas duran menos.
El agua deja de oler a agua en muchos sitios donde antes bastaba bajar un poco para encontrar humedad.
Entonces el huerto, la milpa regada, el jardín con goteo o la parcela con mangueras se vuelven otra cosa.
No solo frutas.
No solo sombra.
También un sonido.
Una promesa mínima.
Una línea negra que a veces guarda, por dentro, el único hilo fresco que sigue corriendo en kilómetros de tierra caliente.
No parece una batalla. Pero lo es.
Porque yo no muerdo la manguera por hambre.
La muerdo por sed.
No estoy intentando destruir tu sistema de riego.
Estoy tratando de abrir con los dientes una piel demasiado dura para llegar a una sola gota.
Una.
A veces basta una gota para seguir corriendo.
A veces no.
A veces sigo la línea entera.
Me detengo.
Huelo.
Muerdo.
Cambio de sitio.
Vuelvo a morder.
Desde lejos parece vandalismo.
Desde mi boca es desesperación.
Tú ves un agujero en el tubo.
Yo veo agua saliendo donde antes solo había calor.
Eso es lo más triste.
El daño sí existe.
Claro que existe.
Un riego con fugas pierde agua.
Una parcela sufre.
Una persona se enoja porque el trabajo cuesta dinero.
Pero muchas veces el problema empezó antes del agujero.
Empezó cuando el paisaje alrededor se volvió más seco.
Cuando desaparecieron pequeñas fuentes de agua.
Cuando los árboles de sombra quedaron más separados.
Cuando el calor hizo que todo animal con sed empezara a acercarse demasiado a las pocas líneas humanas donde todavía corre algo vivo.
Por eso a veces no llega solo una ardilla.
También un tlacuache.
Un ave.
Un insecto.
Otra pequeña vida que no estaba “atacando la casa”, sino siguiendo el rastro de humedad hasta el único lugar que seguía latiendo en medio de la sequedad.
No parece una batalla. Pero lo es.
Porque después del primer agujero suele llegar la represalia.
La trampa.
El pegamento.
El veneno.
La piedra.
La idea de que el animal “aprenda”.
Pero la sed no aprende.
La sed regresa.
Y si matas al primero, el paisaje seco puede traer al siguiente.
Porque el motivo sigue allí.
El agua sigue pasando por un tubo.
Y el monte sigue teniendo menos que ofrecer alrededor.
Eso es lo que cambia de verdad las cosas:
entender que no siempre estás viendo una plaga.
A veces estás viendo un termómetro vivo del calor.
Un cuerpo pequeño haciendo visible, con sus dientes, que alrededor ya falta agua.
Si un animal está dañando el goteo, repara la línea, sí.
Protégela con funda o cobertura si hace falta.
Pero también coloca un recipiente bajo y seguro con agua limpia en un sitio sombreado, con piedras o ramas para que otros animales no se ahoguen.
Revísalo y cámbialo con frecuencia.
Si puedes, ponlo un poco alejado de la zona más delicada del cultivo.
No uses veneno.
No pongas pegamento.
No conviertas la sed en castigo.
Porque yo no estaba rompiendo tu manguera por capricho.
Estaba siguiendo una corriente que no podía ver, pero sí oler.
Estaba mordiendo plástico para alcanzar una gota que, para ti, era una fuga.
Y para mi cuerpo pequeño, caliente y sediento…
era lo más parecido a encontrar un río antes de caer.