Amor por las Huellitas - Paw Love

Amor por las Huellitas - Paw Love Voluntarios altruistas que ayudamos a la comunidad de Tequis a transportar sin costo al CESSBA Tequisquiapan para la esterilización gratuita de sus mascotas.

También coordinamos jornadas gratuitas de esterilización en las cominidades de Tequis.

25/07/2026

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22/07/2026
03/07/2026

NO ERA UN HOYO ABANDONADO. ERA LA PUERTA DE LA ÚNICA CASA QUE MIS CRÍAS CONOCÍAN.

El terreno parecía vacío.

Tierra seca.

Pasto corto.

Piedras.

Unas estacas de colores marcando el lugar donde pronto habría calles, bardas o edificios.

Nada que pareciera hogar.

Nada que pareciera necesitar protección.

Solo un pequeño agujero junto a un montículo de tierra.

Tal vez lo confundiste con la madriguera de una rata.

Tal vez ni siquiera lo viste desde la cabina de la máquina.

Pero yo sí estaba allí.

De pie junto a la entrada.

Pequeño.

Con las patas largas.

Los ojos amarillos clavados en la excavadora que se acercaba.

No estaba vigilando un terreno vacío.

Estaba vigilando el techo de mi familia.

Soy un tecolote llanero.

No vivo en la copa de un árbol.

No construyo un nido de ramas.

Mi casa comienza donde la tuya parece terminar:

debajo del suelo.

Podemos utilizar madrigueras abiertas por otros animales o cavidades adaptadas en terrenos abiertos.

Desde fuera, nuestra entrada parece poca cosa.

Un círculo oscuro.

Un poco de tierra removida.

Quizá plumas, restos de insectos o pequeñas huellas alrededor.

Pero el túnel continúa.

Baja.

Se aleja de la luz.

Y al fondo se abre una cámara donde mis crías esperan.

Todavía no saben volar.

Todavía no pueden correr lejos.

Cuando escuchan vibraciones, retroceden hacia la oscuridad.

Confían en que el suelo seguirá siendo pared.

Confían en que la entrada seguirá siendo puerta.

Confían en que yo volveré con alimento.

No saben lo que es una retroexcavadora.

No saben que algo puede destruir desde arriba una casa que desde abajo parecía segura.

La máquina se acercó.

Primero sentimos el motor.

Después la tierra comenzó a temblar.

Pequeños granos cayeron del techo del túnel.

Mis crías se apretaron al fondo.

Yo permanecí afuera.

No porque creyera poder detener el metal.

Sino porque abandonar la entrada significaba abandonar todo lo que había detrás de ella.

Tal vez me viste mover la cabeza.

Dar unos pasos.

Volver al mismo punto.

Quizá pensaste:

“Ese búho no se quiere ir.”

“Cuando empiece el trabajo, volará.”

Yo sí podía volar.

Ellos no.

No parece una batalla. Pero lo es.

Una llanta no necesita pasar directamente sobre una cría para matarla.

Puede hundir la entrada.

Compactar el suelo.

Cerrar el túnel.

Convertir una cámara con aire en una bolsa enterrada sin salida.

La pala puede retirar en segundos la tierra que tardamos toda una temporada en convertir en refugio.

Y después, desde arriba, quizá no se vea nada.

Solo suelo nivelado.

Una marca borrada.

Un terreno por fin “limpio”.

Nadie escuchará a los pequeños bajo la tierra.

Nadie verá una rama caer.

Nadie encontrará un nido roto a simple vista.

Nuestra casa desaparece sin dejar los restos que suelen demostrar que alguna vez estuvo viva.

Eso es lo más peligroso de criar bajo tierra:

para las personas, lo que no sobresale parece no existir.

El terreno puede parecer baldío.

Pero puede contener madrigueras de aves, mamíferos, reptiles e insectos.

Puede tener túneles activos justo debajo de una ruta marcada para maquinaria.

Puede parecer disponible porque nadie construyó paredes humanas allí.

Pero nosotros ya vivíamos dentro de las paredes del suelo.

Si antes de desmontar, nivelar o excavar un terreno ves un pequeño búho permaneciendo junto a una madriguera, no tapes el agujero.

No introduzcas palos.

No uses humo, agua ni maquinaria para obligarlo a salir.

No intentes capturarlo ni trasladarlo por tu cuenta.

Detén temporalmente el trabajo en esa zona.

Marca una distancia amplia alrededor de la entrada sin acercarte demasiado.

Evita que vehículos, materiales y personas pasen sobre el túnel.

Contacta a autoridades ambientales, PROFEPA o especialistas en fauna para evaluar si el refugio está activo y establecer la protección necesaria.

Porque aquel agujero no estaba abandonado.

Debajo había calor.

Respiración.

Ojos que todavía no conocían el cielo.

Y un padre permanecía junto a la entrada, demasiado pequeño para detener una máquina…

pero incapaz de marcharse mientras toda su familia seguía bajo sus patas.

03/07/2026

NO ESTABA ROMPIENDO TU MANGUERA. EL GOTE0 QUE MORDÍ ERA EL ÚNICO RÍO QUE ME QUEDABA EN EL CERRO.

Me viste colgada del tubo negro.

Con el cuerpo tenso.

Los dientes sobre el plástico.

La lengua buscando una gota que apenas alcanzaba a salir.

Y pensaste:

“Ya empezó a echar a perder el riego.”

“Nomás viene a morder por maña.”

“Hay que quitarla antes de que dañe todo.”

Pero yo no estaba jugando con tu manguera.

Estaba bebiendo.

Soy una ardilla.

Y cuando el calor aprieta de verdad, el monte cambia más rápido de lo que parece.

Las semillas se secan.

Los charquitos desaparecen.

Las hojas tiernas duran menos.

El agua deja de oler a agua en muchos sitios donde antes bastaba bajar un poco para encontrar humedad.

Entonces el huerto, la milpa regada, el jardín con goteo o la parcela con mangueras se vuelven otra cosa.

No solo frutas.

No solo sombra.

También un sonido.

Una promesa mínima.

Una línea negra que a veces guarda, por dentro, el único hilo fresco que sigue corriendo en kilómetros de tierra caliente.

No parece una batalla. Pero lo es.

Porque yo no muerdo la manguera por hambre.

La muerdo por sed.

No estoy intentando destruir tu sistema de riego.

Estoy tratando de abrir con los dientes una piel demasiado dura para llegar a una sola gota.

Una.

A veces basta una gota para seguir corriendo.

A veces no.

A veces sigo la línea entera.

Me detengo.

Huelo.

Muerdo.

Cambio de sitio.

Vuelvo a morder.

Desde lejos parece vandalismo.

Desde mi boca es desesperación.

Tú ves un agujero en el tubo.

Yo veo agua saliendo donde antes solo había calor.

Eso es lo más triste.

El daño sí existe.

Claro que existe.

Un riego con fugas pierde agua.

Una parcela sufre.

Una persona se enoja porque el trabajo cuesta dinero.

Pero muchas veces el problema empezó antes del agujero.

Empezó cuando el paisaje alrededor se volvió más seco.

Cuando desaparecieron pequeñas fuentes de agua.

Cuando los árboles de sombra quedaron más separados.

Cuando el calor hizo que todo animal con sed empezara a acercarse demasiado a las pocas líneas humanas donde todavía corre algo vivo.

Por eso a veces no llega solo una ardilla.

También un tlacuache.

Un ave.

Un insecto.

Otra pequeña vida que no estaba “atacando la casa”, sino siguiendo el rastro de humedad hasta el único lugar que seguía latiendo en medio de la sequedad.

No parece una batalla. Pero lo es.

Porque después del primer agujero suele llegar la represalia.

La trampa.

El pegamento.

El veneno.

La piedra.

La idea de que el animal “aprenda”.

Pero la sed no aprende.

La sed regresa.

Y si matas al primero, el paisaje seco puede traer al siguiente.

Porque el motivo sigue allí.

El agua sigue pasando por un tubo.

Y el monte sigue teniendo menos que ofrecer alrededor.

Eso es lo que cambia de verdad las cosas:

entender que no siempre estás viendo una plaga.

A veces estás viendo un termómetro vivo del calor.

Un cuerpo pequeño haciendo visible, con sus dientes, que alrededor ya falta agua.

Si un animal está dañando el goteo, repara la línea, sí.

Protégela con funda o cobertura si hace falta.

Pero también coloca un recipiente bajo y seguro con agua limpia en un sitio sombreado, con piedras o ramas para que otros animales no se ahoguen.

Revísalo y cámbialo con frecuencia.

Si puedes, ponlo un poco alejado de la zona más delicada del cultivo.

No uses veneno.

No pongas pegamento.

No conviertas la sed en castigo.

Porque yo no estaba rompiendo tu manguera por capricho.

Estaba siguiendo una corriente que no podía ver, pero sí oler.

Estaba mordiendo plástico para alcanzar una gota que, para ti, era una fuga.

Y para mi cuerpo pequeño, caliente y sediento…

era lo más parecido a encontrar un río antes de caer.

24/06/2026

Eso que ves pegado bajo el alero de tu casa o en el puente de tu calle le tomó a esa golondrina varios días de vuelos continuos, pelotita por pelotita. Entre 900 y 1,200 bolitas de barro mezcladas con saliva, construidas en capas hasta que secan tan duras que aguantan años y varios ciclos de cría. 🌿

La golondrina de riscos (*Petrochelidon pyrrhonota*) migra desde Sudamérica cada año para criar en México. Recorre miles de kilómetros para regresar al mismo sitio donde anidó la temporada anterior — en fachadas, puentes y aleros.

En fachadas con actividad de obra, estos nidos pueden desaparecer en segundos.

🪵 Lo que conviene saber antes de renovar una fachada:

· Los nidos de golondrinas están protegidos como fauna silvestre nativa bajo la Ley General de Vida Silvestre de México — incluso cuando están vacíos, incluso en invierno
· Las obras en fachadas con nidos activos deben realizarse fuera de la temporada de cría (abril a agosto)
· Para las manchas: una tabla fina fijada bajo los nidos resuelve el problema sin necesidad de retirarlos

Una colonia de golondrinas consume miles de insectos al día — moscas, mosquitos, jejenes. Una fachada con golondrinas activas contribuye al control natural de insectos en el entorno urbano.

Al revisar un alero antes de una obra, vale la pena identificar si hay nidos presentes. 🌱

24/06/2026

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